A cien años del nacimiento de Julio Sosa, su figura sigue ocupando un lugar central en la historia del tango rioplatense.

Nacido el 2 de febrero de 1926, en Las Piedras, departamento de Canelones, Uruguay, Sosa encarnó como pocos la idea del cantor varonil, heredero de una tradición que parecía haber quedado atrás. Su voz potente, su fraseo recio y su presencia escénica lo convirtieron en un símbolo de virilidad tanguera en tiempos en que el género atravesaba transformaciones profundas.

Hijo de una familia humilde, Julio Sosa conoció desde muy chico las privaciones. Su padre, Luciano, era peón de campo; su madre, Ana María Venturini, se ganaba la vida como lavandera. En ese entorno de trabajo duro y escasos recursos transcurrieron sus primeros años en Las Piedras, una etapa decisiva en la formación de su carácter. La necesidad lo obligó a madurar temprano y a asumir distintas tareas para colaborar con la economía familiar. Esa experiencia marcaría para siempre su identidad artística y humana.

Durante su adolescencia realizó todo tipo de oficios ocasionales: fue vendedor ambulante de bizcochos, podador municipal, ayudante de mercachifle, repartidor de farmacia, guarda de ómnibus y lavador de vagones. Sin embargo, aun en medio de esa realidad áspera, nunca abandonó su vocación. Participaba en cuanto concurso de canto se organizara en su zona, convencido de que su destino estaba ligado a la música. Aquella perseverancia empezó a dar frutos cuando debutó profesionalmente en la orquesta de Carlos Gilardoni, en la ciudad de La Paz, y más tarde grabó en Montevideo junto a la orquesta de Luis Caruso, en 1948.

Consciente de que el centro del tango estaba en Buenos Aires, Sosa cruzó el Río de la Plata a fines de los años cuarenta. En la capital argentina comenzó cantando en cafés y locales nocturnos, como el tradicional Los Andes, hasta integrarse a la orquesta típica de Enrique Mario Francini y Armando Pontier, donde compartió escenario con figuras como Alberto Podestá. En esos años también cerró un temprano matrimonio y decidió dedicarse de lleno a su carrera artística.

El periodista Ricardo Gaspari fue quien lo bautizó como “El varón del tango”, un apodo que sintetizaba su estilo: una voz recia, sin concesiones, que remitía al linaje de Carlos Gardel y a los cantores de la vieja guardia. En una época en la que predominaban intérpretes de fraseo más liviano o experimental, Sosa se destacó por su apego a una forma clásica y visceral de decir el tango.

Su consagración llegó en los años cincuenta, primero con la orquesta de Francisco Rotundo y, más tarde, ya como solista, acompañado por el bandoneón de Leopoldo Federico. De esa etapa datan versiones memorables de tangos como Cambalache, Nada, En esta tarde gris, Qué falta que me hacés y La cumparsita, que lo llevaron a la cima de la popularidad. Su figura trascendió el ambiente tanguero y se volvió masiva, tanto en la radio como en la televisión.

La tragedia interrumpió abruptamente ese ascenso. En la madrugada del 25 de noviembre de 1964, Julio Sosa sufrió un grave accidente automovilístico en la avenida Figueroa Alcorta. Murió al día siguiente, con apenas 38 años, en el momento de mayor reconocimiento de su carrera. Su velatorio en el Luna Park y el multitudinario acompañamiento hasta el Cementerio de la Chacarita confirmaron la dimensión popular que había alcanzado.

Con el tiempo, su obra no hizo más que revalorizarse. Vendió cientos de miles de discos, dejó canciones imborrables y hasta un libro, Dos horas antes del alba. A un siglo de su nacimiento, Julio Sosa sigue siendo recordado como una de las voces más intensas y auténticas del tango, forjada en la pobreza, afirmada en el esfuerzo y consagrada por una pasión inquebrantable.

Años después, por iniciativa de su amigo Cacho Maggiolo, apoyo del intendente Tabaré Hackenbruch y ediles locales, sus restos son traídos al cementerio de Las Piedras y depositados en forma provisoria en el panteón del empresario molinero Joaquín Bosh.

Años después, en otra administración del intendente Hackenbruch, se construyó el mausoleo que alberga los restos de Julio Sosa, el “Varón del Tango”.

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